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diciembre 1, 2007

Un reo de muerte, (30 de marzo de 1835)

Filed under: Lecturas voluntarias — julen @ 11:42 pm

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  1. Cuando una incomprensible comezón de escribir me puso por primera vez la pluma en la mano para hilvanar en forma de discurso mis ideas, el teatro se ofreció primer blanco a los tiros de esta que han calificado muchos de mordaz maledicencia. Yo no sé si la humanidad bien considerada tiene derecho a quejarse de ninguna especie de murmuración, ni si se puede decir de ella todo el mal que se merece; pero como hay millares de personas seudofilantrópicas, que al defender la humanidad parece que quieren en cierto modo indemnizarla de la desgracia de tenerlos por individuos, no insistiré en este pensamiento. Del llamado teatro, sin duda por antonomasia, dejéme suavemente deslizar al verdadero teatro: a esa muchedumbre en continuo movimiento, a esa sociedad donde sin ensayo ni previo anuncio de carteles, y donde a veces hasta de balde y en balde se representan tantos y tan distintos papeles.

  2. Descendí a ella, y puedo asegurar que al cotejar este teatro con el primero, no pudo menos de ocurrirme la idea de que era más consolador éste que aquél; porque, al fin, seamos francos, triste cosa es contemplar en la escena la coqueta, el avaro, el ambicioso, la celosa, la vitud caída y vilipendiada, las intrigas incesantes, en crimen entronizado a veces y triunfante; pero al salir de una tragedia para entrar en la sociedad puede uno exclamar al menos: “Aquello es falso; es pura invención; es un cuento forjado para divertirnos”; y en el mundo es todo lo contrario; la imaginación más acalorada no llegará nunca a abarcar la fea realidad. Un rey de la escena depone para irse a acostar el cetro y la corona, y en el mundo el que la tiene duerme con ella, y sueñan con ella infinitos que no la tienen. En las tablas se puede silbar al tirano; en el mundo hay que sufrirle; allí se le va a ver como una cosa rara, como una fiera que se enseña por dinero; en la sociedad cada preocupación es un rey; cada hombre un tirano; y de su cadena no hay librarse; cada individuo se constituye en eslabón de ella; los hombres son la cadena unos de otros.

  3. De estos dos teatros, sin embargo, peor el uno que el otro, vino a desalojarme una farsa que lo ocupó todo: la política. ¿Quién hubiera leído un ligero bosquejo de nuestras costumbres, torpe y débilmente trazado acaso, cuando se estaban dibujando en el gran telón de la política, escenas, si no mejores, de un interés ciertamente más próximo y positivo? Sonó el primer arcabuz de la facción, y todos volvimos la cara a mirar de dónde partía el tiro; en esta nueva representación, semejante a la fantasmagórica de Mantilla, donde empieza por verse una bruja, de la cual nace otra y otras, hasta multiplicarse al infinito, vimos un faccioso primero, y luego vimos un faccioso más, y en pos de él poblarse de facciosos el telón. Lanzado en mi nuevo terreno esgrimí la pluma contra las balas, y revolviéndome a una parte y otra, di la cara a dos enemigos: al faccioso de fuera, y al justo medio, a la parsimonia de dentro. ¡Débiles esfuerzos! El monstruo de la política estuvo encinta y dio a luz lo que había mal engendrado; pero tras éste debían venir hermanos menores, y uno de ellos, nuevo Júpiter, debía destronar a su padre. Nació la censura, y heme aquí poco menos que desalojado de mi última posición. Confieso francamente que no estoy en armonía con el reglamento: respétole y le obedezco; he aquí cuanto se puede exigir de un ciudadano: a saber, que no altere el orden; es bueno tener entendido que en política se llama orden a lo que exite, y que se llama desorden este mismo orden cuando le sucede otro orden distinto; por consiguiente, es perturbador el que se presenta a luchar contra el orden existente con menos fuerzas que él; el que se presenta con más, pasa a restaurador, cuando no se le quiere honrar con el pomposo título de libertador. Yo nunca alteraré el orden probablemente, porque nunca tendré la locura de creerme por mí solo más fuerte que él; en este convencimiento, infinidad de artículos tengo solamente rotulados, cuyo desempeño conservo para más adelante; porque la esperanza es precisamente lo único que nunca me abandona. Pero al paso que no los escribiré, porque estoy persuadido de que me los habían de prohibir (lo cual no es decir que me los han prohibido, sino todo lo contrario, puesto que yo no los escribo), tengo placer en hacer de paso esta advertencia, al refugiarme, de cuando en cuando, en el único terreno que deja libre a mis correrías el temor de ser rechazado en posiciones más avanzadas. Ahora bien: espero que después de esta previa inteligencia no habrá lector que me pida lo que no puedo darle: digo esto porque estoy convencido de que ese pretendido acierto de un escritor depende más veces de su asunto y de la predisposición feliz de sus lectores que de su propia habilidad. Abandonado a ésta sola, considérome débil, y escribo todavía con más miedo que poco mérito, y no es ponderarlo poco, sin que esto tenga visos de afectada modestia.

  4. Habiendo de parapetarme en las costumbres, la primera idea que me ocurre es que el hábito de vivir en ellas, y la repetición diaria de las escenas de nuestra sociedad, nos impide muchas veces pararnos solamente a considerarlas, y casi siempre nos hace mirar como naturales cosas que en mi sentir no debieran parecérnoslo tanto. Las tres cuartas partes de los hombres viven de tal o cual manera porque de tal o cual manera nacieron y crecieron; no es una gran razón; pero ésta es la dificultad que hay para hacer reformas. He aquí por qué las leyes difícilmente pueden ser otra cosa que el índice reglamentario y obligatorio de las costumbres; he aquí por qué caducan multitud de leyes que no se derogan; he aquí la clave de lo mucho que cuesta hacer libre por las leyes a un pueblo esclavo por sus costumbres.

  5. Pero nos apartamos demasiado de nuestro objeto: volvamos a él; este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevada a cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros, es causa de que se oiga con la mayor indiferencia el fatídico grito que desde el amanecer resuena por las calles del gran pueblo, y que uno de nuestros amigos acaba de poner atinadísimamente por estribillo a un trozo de poesía romántica:

  6. Para hacer bien por el alma

  7. Del que van a ajusticiar.

  8. Ese grito, precedido por la lúgubre campanilla, tan inmediata y constantemente como sigue la llama al humo, y el alma al cuerpo; este grito que implora la piedad religiosa en favor de una parte del ser que va a morir, se confunde en los aires con las voces de los que venden y revenden por las calles los géneros de alimento y de vida para los que han de vivir aquel día. No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación, pero debe ser horrible a sus oídos el último grito que ha de oír de la coliflorera que pasa atronando las calles a su lado.

  9. Leída y notificada al reo la sentencia, y la última venganza que toma de él la sociedad entera, en lucha por cierto desigual, el desgraciado es trasladado a la capilla, en donde la religión se apodera de él como de una presa ya segura; la justicia divina espera allí a recibirle de manos de la humana. Horas mortales transcurren allí para él; gran consuelo debe de ser el creer en un Dios, cuando es preciso prescindir de los hombres, o, por mejor decir, cuando ellos prescinden de uno. La vanidad, sin embargo, se abre paso al través del corazón en tan terrible momento, y es raro el reo que, pasada la primera impresión, en que una palidez mortal manifiesta que la sangre quiere huir y refugiarse al centro de la vida, no trata de afectar una serenidad pocas veces posible. Esta tiránica sociedad exige algo del hombre hasta en el momento en que se niega entera a él; injusticia por cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad de su víctima. Parece que la sociedad, al exigir valor y serenidad en el reo de muerte, con sus constantes preocupaciones, se hace justicia a sí misma, y extraña que no se desprecie lo poco que ella vale y sus fallos insignificantes.

  10. En tan críticos instantes, sin embargo, rara vez desmiente cada cual su vida entera y su educación; cada cual obedece a sus preocupaciones hasta en el momento de ir a desnudarse de ellas para siempre. El hombre abyecto, sin educación, sin principios, que ha sucumbido siempre ciegamente a su instinto, a su necesidad, que robó y mató maquinalmente, muere maquinalmente. Oyó un eco sordo de religión en sus primeros años y este eco sordo, que no comprende, resuena en la capilla, en sus oídos, y pasa maquinalmente a sus labios. Falto de lo que se llama en el mundo honor, no hace esfuerzo para disimular su temor, y muere muerto. El hombre verdaderamente religioso vuelve sinceramente su corazón a Dios, y éste es todo lo menos infeliz que puede el que lo es por última vez. El hombre educado a medias, que ensordeció a la voz del deber y de la religión, pero en quien estos gérmenes existen, vuelve de la continua afectación de despreocupado en que vivió, y duda entonces y tiembla. Los que el mundo llama impíos y ateos, los que se han formado una religión acomodaticia, o las han desechado todas para siempre, no deben ver nada al dejar el mundo. Por último, el entusiasmo político hace veces casi siempre de valor; y en esos reos, en quienes una opinión es la preocupación dominante, se han visto las muertes más serenas.

  11. Llegada la hora fatal entonan todos los presos de la cárcel, compañeros de destino del sentenciado, y sus sucesores acaso, una salve en un compás monótono, y que contrasta singularmente con las jácaras y coplas populares, inmorales e irreligiosas, que momentos antes componían, juntamente con las preces de la religión, el ruido de los patios y calabozos del espantoso edificio. El que hoy canta esa salve se la oirá cantar mañana.

  12. En seguida, la cofradía vulgarmente dicha de la Paz y Caridad recibe al reo, que, vestido de una túnica y un bonete amarillos, es trasladado atado de pies y manos sobre un animal, que sin duda por ser el más útil y paciente, es el más despreciado, y la marcha fúnebre comienza.

  13. Un pueblo entero obstruye ya las calles del tránsito. Las ventanas y balcones están coronados de espectadores sin fin, que se pisan, se apiñan, y se agrupan para devorar con la vista el último dolor del hombre.

  14. -¿Qué espera esa multitud?- diría un extranjero que desconociese las costumbres-. ¿Es un rey el que va a pasar; ese ser coronado, que es todo un espectáculo para un pueblo? ¿Es un día solemne? ¿Es una pública festividad? ¿Qué hacen ociosos esos artesanos? ¿Qué curiosea esta nación?

  15. -Nada de eso. Ese pueblo de hombres va a ver morir a un hombre.

  16. -¿Dónde va?

  17. -¿Quién es?

  18. -¡Pobrecillo!
    -Merecido lo tiene.

  19. -¡Ay!, si va muerto ya.

  20. -¿Va sereno?

  21. -¡Qué entero va!

  22. He aquí las preguntas y expresiones que se oyen resonar en derredor. Numerosos piquetes de infantería y caballería esperan en torno del patíbulo. He notado que en semejante acto siempre hay alguna corrida; el terror que la situación del momento imprime en los ánimos causa la mitad del desorden; la otra mitad es obra de la tropa que va a poner orden. ¡Siempre bayonetas en todas partes! ¿Cuándo veremos una sociedad sin bayonetas? ¡No se puede vivir sin instrumentos de muerte! Esto no hace por cierto el elogio de la sociedad ni del hombre.

  23. No sé por qué al llegar siempre a la plazuela de la Cebada mis ideas toman una tintura singular de melancolía, de indignación y de desprecio. No quiero entrar en la cuestión tan debatida del derecho que puede tener la sociedad de mutilarse a sí propia; siempre resultaría ser el derecho de la fuerza, y mientras no haya otro mejor en el mundo, ¿qué loco se atrevería a rebatir ése? Pienso sólo en la sangre inocente que ha manchado la plazuela; en la que la manchará todavía. ¡Un ser que como el hombre no puede vivir sin matar, tiene la osadía, la incomprensible vanidad de presumirse perfecto!

  24. Un tablado se levanta en un lado de la plazuela: la tablazón desnuda manifiesta que el reo no es noble. ¿Qué quiere decir un reo noble? ¿Qué quiere decir garrote vil? Quiere decir indudablemente que no hay idea positiva ni sublime que el hombre no impregne de ridiculeces.

  25. Mientras estas reflexiones han vagado por mi imaginación, el reo ha llegado al patíbulo; en el día no son ya tres palos de que pende la vida del hombre; es un palo sólo; esta diferencia esencial de la horca al garrote me recordaba la fábula de los Carneros de Casti, a quienes su amo proponía, no si debían morir, sino si debían morir cocidos o asados. Sonreíame todavía de este pequeño recuerdo, cuando las cabezas de todos, vueltas al lugar de la escena, me pusieron delante que había llegado el momento de la catástrofe; el que sólo había robado acaso a la sociedad, iba a ser muerto por ella; la sociedad también da ciento por uno: si había hecho mal matando a otro, la sociedad iba a hacer bien matándole a él. Un mal se iba a remediar con dos. El reo se sentó por fin. ¡Horrible asiento! Miré al reloj: las doce y diez minutos; el hombre vivía aún… De allí a un momento una lúgubre campanada de San Millán, semejante el estruendo de las puertas de la eternidad que se abrían, resonó por la plazuela; el hombre no existía ya; todavía no eran las doce y once minutos. “La sociedad, exclamé, estará ya satisfecha: ya ha muerto un hombre.”

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2 comentarios »

  1. Magdalena Tous Sampol
    2 bachiller A

    UN REO DE MUERTE

    1. Localización

    Larra fue un eminente articulista, con una gran claridad y vigor en su prosa. En sus artículos combate la organización del estado, ataca al absolutismo y al carlismo, se burla de la sociedad y rechaza la vida familiar. Representa el romanticismo democrático en acción: los males de España son el tema central de su obra crítica y satírica.
    Escribe artículos críticos ya que está descontento con el país, sus artículos son contra la censura, la pena capital, contra el pretendiente carlista y el carlismo, contra el uso incorrecto de las palabras, etc. También cultivó la novela histórica (“El doncel de don Enrique el Doliente”) y la tragedia (“Macías”). Su observación directa de la realidad le lleva a proponer idealmente los cambios que habrían llevado a la sociedad española a la modernización y a la democracia más humana. Tenemos en Larra a un militante de la libertad, a un hombre crítico y también tenemos al hombre que sufre en su carne la desesperación política y humana que acabó violentamente con su vida.
    El espíritu del Romanticismo es evidente en el texto. Un romanticismo rotundo, liberal, de una profunda defensa del individuo y del calor de la vida. Es uno de los más importantes exponentes del romanticismo español.

    2. Aproximación del tema

    El tema fundamental de este artículo es el rechazo de la pena de muerte, práctica ejercida por la justicia española durante gran parte del siglo XIX, hasta 1975 donde se produjeron las últimas ejecuciones.
    No se queda Larra en esta crítica de las ejecuciones sino que ahonda otros problemas, como la presencia del ejército en la sociedad, el sinsentido de la ley de Talión instituida en la sociedad, la morbosidad del pueblo español y, finalmente la apariencia social o el absurdo orgullo de clase.
    Así, Larra critica primeramente a toda la sociedad en general, en concreto el hecho de vivir en un espectáculo, es decir, compara el teatro propiamente dicho con el teatro social en el que unos participan como espectadores (el pueblo) y otros como actores (el poder).
    Seguidamente critica la censura o falta de libertad a la que están sometidos en esta época, utilizando como recurso la ironía y la parodia, gracias a las cuales podía burlarse de la censura y expresar sus críticas indirectamente, tal y como hace en este artículo. Pide a los lectores que no le pidan más porque si no censuraran su obra, pero al mismo tiempo esta criticando la sociedad.
    Estos dos primeros temas terminan con el tercero que será la pena de muerte contraponiéndose a ésta. Al finalizar describe la última escena del reo; la muerte y la satisfacción del pueblo por la muerte de un “criminal”.

    3. Estructura interna

    El texto, combina la narración de su carrera periodística, la argumentación por qué deja la crítica teatral y social para pasar a la política porqué ha de dejar la crítica política y ataca a la pena de muerte. Además, termina con un texto narrativo de la ejecución. NO se trata de un cuento, es un cuadro de costumbres, cuyo testigo crítico analiza durante la realidad, y cuyos personajes son los vecinos reales de Madrid y el desgraciado reo que va a recibir el castigo.
    Para trazar una estructura interna lógica diremos que el texto se puede dividir en tres grandes partes. La primera parte trata de la presentación del crítico y del tema que va a tratar (párrafo 1 al 5). Una segunda parte compuesta por la crítica del tema de la pena de muerte, incluyendo las comparaciones y contrastes que hace el autor (párrafo 6-9). Y una última parte compuesta por la secuencia de la muerte en público del reo (párrafo 9-14).
    Así, la PRIMERA PARTE presenta el autor: Larra. Cuenta que anteriormente era crítico del teatro pero que ahora es crítico de teatro social.

    En el segundo párrafo compara el teatro propiamente dicho con la vida real, y establece distintas semejanzas y diferencias: “el teatro es una invención creado para divertirnos, en cambio la realidad todo es fruto de la vida real”

    En el tercer párrafo trata la política con su orden y desorden. El orden es la política establecida; en cambio, el desorden lo hace aquel que defensa ideales ya sobrepasados o que aún no tienen suficiente fuerza para imponerse. Larra se opone a los absolutistas e incluso a su mismo partido liberal (a los moderadores), por eso sale de ese mundo, ya que le obliga la censura e ironiza que si da más opiniones sobre temas de política sus textos serán censurados.

    En el cuarto párrafo aparece la consideración de las costumbres. Las leyes deben adaptarse a las costumbres, por eso hay que reformarlas ya que estamos viviendo en una sociedad casi arcaica y la solución es evolucionar.

    En el siguiente párrafo Larra se presente al tema fundamental de este artículo: la pena de muerte. Consigue una mayor ambientación anteponiendo en su obra un verso romántico de Espronceda. Así finaliza la primera parte de la que está compuesto la primera parte del artículo.

    SEGUNDA PARTE:

    Empieza con el párrafo sexto, dónde aparecen diversos contrastes entre los que destacamos uno: “la pena de muerte es tan frecuente como las personas que van por la calle vendiendo sus alimentos”, con esto lo que nos quiere decir Larra es que la pena de muerte está entre todos los habitantes españoles, es presente en todo momento y lugar. Además en este párrafo también nos presenta la plaza dónde se producirán las ejecuciones.

    El siguiente párrafo aparece un contraste con los distintos ámbitos religiosos. Se implora la piedad religiosa apoderándose del reo como una “presa” ya segura en dónde la justicia humana entrega al reo para satisfacer la divina.

    El octavo párrafo nos presenta a los diferentes tipos de reos que podemos encontrar:
    – El que no tiene honor y que con temor muere muerto.
    – El educado a medias, que abandonó la religión.
    – El religioso con su Dios.
    – El aJUSTICIado por motivos políticos que muere con muerte serena.

    El noveno y último párrafo que compone ésta segunda parte describe a los reos durante su estancia en la cárcel. Destaca los cantos de despedida con jácaras y coplas de los demás reos hacia el reo que va a morir.

    TERCERA Y ÚLTIMA PARTE:

    El párrafo 10 y 11 describe el último tramo del espectáculo: el camino del reo encima de un burro hacia la plaza allá donde va a morir. Durante este camino los habitantes acuden para devorar el último dolor del hombre.

    El párrafo 12 está compuesto por diversas exclamaciones sobre el condenado a muerte y la contribución de los soldados para que haya desorden en las calles.(ANTIMILITARISMO9

    En el párrafo 13 Larra dice que no quiere criticar (E)l orden, es decir, que no quiere criticar a la pena de muerte. Añade esta cita para despistar (JUSTIFICARSE Y PODER EVITAR LA CENSURA) y seguir con su crítica. El último párrafo describe la crueldad de la muerte del pobre reo, CRITICANDO EL CLASISMO TAMBIÉN EN LA diferenciaCION también DE la muerte para diferentes clases sociales (nobles y civiles). Así, la sociedad va a hacer bien matando a alguien que ha hecho mal matando a otro.

    4. Estilo

    El estilo de este artículo se (cié???) al sentimiento de desacuerdo y decepción de aquello que le envuelve. Por parte del autor se acentúa cada vez con más intensidad a medida que transcurre el artículo ya que en este mismo sentido va avanzando la meticulosidad. EN este artículo se refleja el “yo” individualista y la visión pesimista del autor, él es el que critica a la sociedad de manera que casi se podría considerar el texto como una argumentación contra la pena de muerte.

    Por otra parte la ironía, la paradoja, la imaginación objetivadora del absurdo en forma de preguntas sin respuesta cuya intensidad se sucede en orden creciente y la exageración le dan un tono más satírico a la crítica haciendo, al mismo tiempo, de todos estos procedimientos mayor argumento para convencer al lector.(CITA EJEMPLOS DE LOS RECURSOS QUE AFIRMAS QUE LARRA UTILIZA)

    5. Valoración

    Aunque el artículo no se atenga a la situación de la época en la que vivimos actualmente (en este país), la complejidad del texto y su estructura harían de él un texto válido capaz de convencer a cualquiera de la oposición a la pena de muerte.
    Personalmente estoy en contra de la pena de muerte, ya que pienso, al igual que lo que propone Larra, que si una persona mata a alguien sea inocente o no, ésta no tiene porqué morir. ¿Para qué queremos dos muertes?, ¿Por qué más dolor?

    Creo que la venganza ya debería ser una actitud pasada de moda, es decir creo que debemos eliminar la palabra de nuestras mentes y con ella todo lo que esta significa esta misma. Así podremos empezar a comportarnos como seres vitales y honestos; no como seres malvados y crueles, tal y como hemos hecho hasta ahora. Es hora de cambiar para no seguir ocasionando tristeza y dolor.

    Notas
    Esta, en parte, fusiladito del que os he puesto como modelo en la página web del departamento de castellano, faltan citas o ejemplos de los recursos que enumeras. Este texto no puntúa.

    Comentario por julen — diciembre 2, 2007 @ 12:28 am | Responder

  2. 1. leukar | Rakel_s_g@hotmail.com | IP: 83.35.142.73
    Yo quiero ser cómico
    Mariano José de Larra
    [Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de La Revista Española, Periódico Dedicado a la Reina Ntra. Sra., n.º 34, 1 de marzo de 1833, Madrid; paginación en color azul.]
    -pág. 379- -pág. 380- -pág. 381- -pág. 382- -pág. 383- -pág. 384- -pág. 385-
    Anch’io son pittore
    No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a la luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.
    Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que no me correspondía injerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante, para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos.
    Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.
    Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento, para conformarse prudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:
    -¿Es usted el redactor llamado Fígaro?
    -¿Qué tiene usted que mandarme?
    -Vengo a pedirle un favor… ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!
    -Es claro… Si usted me necesita…
    -Un favor de que depende mi vida acaso… ¡Soy un apasionado, un amigo de usted!
    -Por supuesto… siendo el favor de tanto interés para usted…
    -Yo soy un joven…
    -Lo presumo.
    -Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro.
    -¿Al teatro?
    -Sí, señor… como el teatro está cerrado ahora…
    -Es la mejor ocasión.
    -Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que usted me recomendase…
    -¡Bravo empeño! ¿A quién?
    -Al Ayuntamiento.
    -¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?
    -Es decir, a la empresa.
    -¡Ah! ¿Ajusta la empresa?
    -Le diré a usted… según algunos, esto no se sabe… pero… para cuando se sepa.
    -En ese caso, no tiene usted prisa, porque nadie la tiene…
    -Sin embargo, como yo quiero ser cómico…
    -Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?
    -¿Cómo? ¿Se necesita saber algo?
    -No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor…
    -Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con ese pie en una corporación.
    -Ya le entiendo a usted; usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted castellano?
    -Lo que usted ve…, para hablar; las gentes me entienden…
    -Pero la gramática, y la propiedad, y…
    -No, señor, no.
    -Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras…
    -Perdone usted.
    -Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.
    -Perdone usted, señor. Nada, nada. ¿Tan poco favor me hace usted? Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco… Mire usted…
    -No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras de una palabra, y decir unas voces por otras, «actitud» por «aptitud», y «aptitud» por «actitud», «diferiencia» por «diferencia», «háyamos» por «hayamos», «dracmático» por «dramático», y otras semejantes?
    -Sí, señor, sí, todo eso digo yo.
    -Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió usted historia?
    -No, señor; no sé lo que es.
    -Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos…
    -pág. 386-
    -Nada, nada, no señor.
    -Perfectamente.
    -Le diré a usted…; en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo, siempre a la romana.
    -Esto es: aunque sea griego el asunto.
    -Sí señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o a la antigua española; según… ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres.
    -¡Ah! ¡Ah! Muy bien.
    -Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos tienen en sus arcas, así…
    -¡Bravo!
    -Porque ellos suelen saberlo.
    -¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?
    -Mire usted; el papel lo dirá, y luego, como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno… Además, que gran parte del público suele estar tan enterada como nosotros…
    -¡Ah!, ya… Usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no…
    -No es gran cosa; pero eso no es esencial.
    -Y de educación, de modales y usos de sociedad, ¿a qué altura se halla usted?
    -Mal; porque si va a decir verdad, yo soy un pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter a cómico porque se me figura a mí que es oficio en que no hay nada que hacer…
    -Y tiene usted razón.
    -Todo lo hace el apunte, y… por consiguiente, no conozco esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté a ninguno de ellos.
    -Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.
    -Escasamente.
    -¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?
    -Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con mucho imperio…
    -Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos…
    -Sí, pero ¡ya ve usted!, en el teatro es otra cosa.
    -Ya me hago cargo.
    -Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablero con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas…
    -No se puede hacer más.
    -Si hago de delincuente me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes…
    -Muy bien.
    -Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos… Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera… Si hago un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarado y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los espectadores: «Allá va esto para ustedes».
    -¿Tiene usted grandes calvas para las barbas?
    -¡Oh!, disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.
    -¿Y los graciosos?
    -Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín…
    -Usted hará furor.
    -¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención o lucimiento que en mi parte se presenten.
    -¿Y memoria?
    -No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además, que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida, se le lanzan de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: «¡Ven ustedes qué hombre!»
    -Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oír a un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.
    -Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación, se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡Si usted viera!
    -Ya sé, ¡ya!
    -Vez hay que en una comedia en verso añade uno un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir…
    -¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno. ¿Usted ha representado anteriormente?
    -¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el García y el Delincuente honrado.
    -No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted, ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, o por el verso, mas que no entienda siquiera lo que es prosa?
    -¿Pues no tengo de saber, señor? Eso lo hace cualquiera.
    -¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para…?
    -Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.
    Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:
    -¡Venga usted acá, mancebo generoso! -exclamé todo alborozado-; ¡venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería!: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.
    Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato prometiéndole las más eficaces recomendaciones.
    Revista Española, n.º 34, 1 de marzo de 1833. Firmado: Fígaro.
    Comentario de Texto.
    El texto propuesto para el comentario es un fragmento de “Yo quiero ser cómico”, uno de los más conocidos artículos de costumbres que escribió Mariano José de Larra.
    Los artículos de Larra se inscriben en el género tradicional de la sátira y la cesura mordaz de las conductas y los acontecimientos, así como las costumbres, de la sociedad de la época. Larra es considerado el creador del artículo literario en España y sus obras están situadas dentro de la prosa del s. XIX.
    El tema del que va a tratar el autor, empieza con una reflexión donde lo indica en el mismo título. Larra utiliza un seudónimo, Fígaro, que ejerce a su vez como narrador y protagonista de la historia. El otro personaje, también protagonista, es un joven que visita a Fígaro, redactor, que le pide ayuda porque quiere ser cómico y dedicarse al teatro. Larra comenzará a interrogarle para ver si tiene cualidades para convertirse en cómico. El autor es un tanto irónico al darse cuenta de que el joven no está nada preparado para serlo.
    El fragmento contiene varias partes. Larra, a medida que le va haciendo preguntas sobre su sabiduría hacia el teatro y lo cómico, comienza a ver en el joven una cierta inquietud que hace que el diálogo sea más interesante entre ellos. Al final se descubre que el joven no está capacitado para ser cómico.
    Cada una de las tres partes de la narración, presenta una serie de acciones en las que empieza con una conversación con un joven que llega a la estancia de Fígaro y el final del diálogo.
    En la primera parte, como ya hemos observado, relata una serie de acciones que empieza con la primera escena de Fígaro haciendo una pequeña introducción de un artículo para una revista en la que escribe hasta que su criado le avisa de una visita inesperada. “Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.”. Nos define más o menos su estado de ánimo “porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante, para comunicar el suyo a los demás.” Pensando en todo aquello, el criado le interrumpe con la llegada de la visita.
    En la segunda parte se da con la entrada del joven en la estancia,. Comienza un diálogo bastante forzoso “¿Es usted el redactor llamado Fígaro?”…Pero, más tarde, el propio Larra comenzará a sonsacar al joven el porqué de esta tan inesperada visita mediante preguntas y respuestas de manera irónica. Fígaro intentará ridiculizar al joven mediante preguntas ya que es pobre y apenas tiene una base digna de educación. (“Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.”; “No sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos…”; “Y de educación, de modales y usos de sociedad, ¿A que altura se halla usted?”). El joven intentará defenderse de esta tan larga conversación, diciéndole cómo interpretará cada papel que se le otorgue encima de un escenario. El autor, además de no quedar nada convencido, queda perplejo, pero su manera de actuar es pura y simple ironía.
    En la tercera parte de la narración y última, después de un sinfín de preguntas en ese diálogo, Larra dice definitivamente que será un excelente cómico (con ironía), aunque también tendrá que saber criticar “Sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda…”; “Quejarse como lo exija el guión”; “Sabrá usted quejarse amargamente…”. Larra había encontrado al candidato perfecto para reírse de él aunque le diga irónicamente al joven que es un experto en el arte de la interpretación.
    En conclusión, El texto comentado es una buena muestra de la disposición argumentativa de los artículos de crítica y drama de Larra, que no se limitó sólo al género dramático, sino también a otras actividades culturales. Larra valoró el sentimiento que el teatro transmitía al espectador y, con una actitud ya romántica, defendió la relación entre literatura y pensamiento. El texto está lleno de ironía, el autor, Fígaro, se ríe todo el rato de él, y no porque sea pobre sino porque es un ignorante y un vago.
    • El texto Yo quiero ser cómico está sacado de la página: http://www.cervantesvirtual.com.
    • La información sobre el autor está sacada del libro de texto de 2ª bachiller.

    Comentario por leukar — diciembre 26, 2007 @ 4:14 pm | Responder


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